The Waterfall Diaries: A.K.A. The Return of Magic
Una semana a solas cazando cascadas y respuestas, de Bogotá a la puerta de la Amazonía.
La puerta del viento
18 de agostoLlegué a Paicol, Huila, conocido como la puerta del viento, poco después de las 5am. El aire más fresco de lo que sugerirían los 22 °C. En la plaza principal, una pareja de ancianos, hombre y mujer, ya daba vueltas a la plaza haciendo su ejercicio matutino. Solo eso hizo que el pueblo se sintiera más acogedor de lo que cualquier lugar tiene derecho a sentirse en la oscuridad previa al amanecer.
Estiré las piernas después de una noche a bordo de 2 buses desde Bogotá, tratando de conocer y sentir el pueblo antes de que despertara del todo, pero incluso a las 5am ya había movimiento: las puertas y ventanas de las casas coloniales empezaban a abrirse, y el mercado de la plaza ya recibía mercancía.
Me senté en las bancas de la plaza a ver el amanecer mientras la noche se iba suavizando. No podía ver los pájaros pero su canto matutino viajaba en el aire junto a los aromas herbales y florales de unos jardines sencillos pero bien cuidados. El amanecer prometía ser discreto, y aun así los cirros pasaron de un rosado agradable a un dorado suave mientras la campana de la iglesia sonaba a las 6am.
Arrancando esta semana de cacería de cascadas en solitario, mi plan es sencillo pero el propósito del viaje no lo es en absoluto. Ando buscando respuestas a preguntas que ni siquiera sé formular del todo. Algo relacionado con si debería tomar un empleo o fundar mi propia empresa, pero las preguntas de fondo son más profundas: algo sobre cómo elijo vivir mi vida y de dónde saco mi fuente interior de sentido y de éxito.
Veremos si ganamos algo de claridad en los próximos días, si estar solo en la naturaleza da el destrabe necesario, esa revelación que se gana con meditación silenciosa y con desconexión de la vida diaria de la sociedad moderna.
Así que el plan es: desayuno, y luego subir los 6,5 km de sendero hasta mi primera cascada, la Cascada la Motilona.
Las cascadas me parecen paradójicas. Paz en movimiento. Eternas y efímeras a la vez. Un poder crudo imponente. ¿Cómo puede una simple dislocación geológica provocar respuestas emocionales tan viscerales? Y sin embargo, al lanzarme por primera vez a la poza bajo la Cascada la Motilona, me sentí a la vez lleno de energía y aliviado, con una ola de calma lavándome por dentro. Para esto es que estamos aquí.
El agua tenía un tinte verde pero era transparente hasta el fondo, y la cascada caía sobre el gran saliente de roca en una cortina ancha. El masaje que recibí parado bajo el chorro fue suficiente para dejarme agradecido de que los niveles del agua no estuvieran más altos en esta época del año en esta región.
Tenía el lugar para mí solo. Una de mis cosas favoritas de Colombia: tantas maravillas naturales que, la mitad de las veces, te tocan a ti solo, sobre todo un martes por la mañana lejos de la ruta turística. Por supuesto que nadé desnudo un rato. Nadar desnudo bajo una cascada andina es una experiencia top 5 en la vida, y no era la primera vez que lo lograba, y no iba a ser la última de este viaje. Hay algo muy natural en el flujo del agua entre las nalgas…
La timidez me alcanzó porque estaba apenas a 5 minutos a pie de las 3 posadas que rodean la cascada, y me volví a poner la pantaloneta, contento de haberme “salido con la mía”.
Casi me pierdo la cascada más grande e impresionante de la zona. Creía haber encontrado “la grande” más temprano y estaba bastante contento con ella. Solo al bajar por las rocas que bordeaban la quebrada me di cuenta de que la Cascada la Motilona era apenas el calentamiento. Así llegué a la Cascada la Serpiente, sorprendido de ver que la quebrada por la que bajaba llegaba a un borde y desaparecía. Escuché la caída primero, claro, así que iba seguro, pero igual me dejó atónito la aparición de una cascada enorme que me recordó al parque nacional Krka en Croacia. Una vez más, las tenía todas para mí. Vean mi euforia en los videos.
Dicen que Dios está en los detalles. En mi caso, mientras trataba de asimilar lo que tenía enfrente, encontré a Dios en las mariposas persiguiéndose bajo la Cascada la Serpiente mientras refractaba la luz del sol en arcoíris eternos.
Exhausto y contento al final del Día 1. Sin revelaciones profundas, pero con el cuerpo y la mente cansados y ya relajados.
Más que un simple día de viaje
19 de agostoDormí casi demasiado bien, después de acostarme temprano para arrancar el día con ventaja. Acostado en la cama de la cabaña, me sorprendí preguntándome si de verdad necesitaba levantarme para el chapuzón matutino en la cascada. Me tocó regañarme y recordarme que apenas era el día 2 y que a eso era que habíamos venido.
Y qué alegría haberlo hecho… si el encuentro con la primera cascada el Día 1 fue emocionante, el Día 2 fue paz y descanso. Refrescado y contento de haber hecho el “esfuerzo”, mínimo como fue, volví a pensar en lo que seguía.
El plan A era encontrar a alguien que me llevara por encima de la montaña y bajara a Agrado, en vez de devolverme a Paicol y coger la vía principal a La Plata y de ahí a Agrado y Garzón. Sandra y su esposo cumplieron, y para cuando terminé el desayuno (una oferta mediocre, si somos honestos) Jhon Fredy ya estaba listo con una gran sonrisa.
La parte espontánea de la aventura se sintió de verdad cuando me subí a la parte de atrás de su moto, con la maleta de caminata a la espalda, y empezamos a subir.
90 minutos después llegamos a Agrado, pero qué 90 minutos. Aire de tierra húmeda acentuado de vez en cuando por el perfume embriagador del eucalipto y del azahar de café; el viento en el pelo; las llanuras y montañas empinadas del Huila armando telones de fondo dramáticos; y una gran conversación con Jhon Fredy sobre la vida de un campesino cafetero.
Lo que aprendí de él:
- Les paga a los recolectores $1.000 por kilo de cereza de café recogida
- Vende el bulto de 25 kg de café lavado a $1.300.000
- Entrena gallos de pelea y no acepta una pelea por menos de $1.000.000, para no arriesgar sus posesiones más preciadas por un premio menor. Entrena a sus gallos con una dieta que incluye harina, 2 tipos de maíz y lo que creo que eran ¿fríjoles? Y tiene un juguete con el que los pone a practicar la pelea.
Jhon Fredy asumió un aire de paternidad mientras evaluaba la fila de mototaxistas que me llevarían de Agrado a Garzón, hasta encontrarlos dispuestos a recibir su carga preciada: un gringo que da propina.
El trayecto de Agrado a Garzón fue tranquilo; lo más destacado fue el puente largo que cruza la represa El Quimbo, que no estuvo a la altura del bombo que le había dado Jhon Fredy.
Estaba paseando por Google Maps en la Terminal de Garzón cuando vi un lugar sugerido, “Diego Campos Café Especial”, a 5 minutos en taxi. Eso probablemente no les dice nada, pero para mí, Diego Campos es el barista colombiano que ganó el Campeonato Mundial de Baristas en 2021.
No podía dejar pasar la oportunidad de conocer su café, y su presencia me convenció de quedarme en Garzón, al menos durante el día, para visitar la Cascada las Damas local, que tenía marcada como un “tal vez” en mi bucket list personal.
Conocí a Diego y disfruté un delicioso Bourbon Rosado de la finca de su suegro en Pital, Huila. El local era sencillo, moderno y de buen gusto. Fue un tipo encantador, claramente disfrutando la vida después de la competencia, trayendo café de especialidad para el consumo al Huila, su tierra y la región cafetera más grande del país. Después conseguí mototaxista en Garzón por Facebook, que funcionó sorprendentemente bien, y subí a las colinas detrás de Garzón a buscar mi siguiente cascada.
La Cascada las Damas es distinta de las primeras cascadas de Paicol, y más impresionante: brota del bosque en un cañón angosto y profundo, la caída de 15 metros es más estrecha y más alta, y despide una energía espectacular que se siente visceral en persona.
Demasiado poderosa para pararse debajo, la corriente después serpentea por el cañón en rápidos veloces. En las pocas curvas donde la quebrada se abre, unas playitas ofrecen puntos de entrada para nadar, pero incluso ahí la corriente obliga a buscar buen apoyo o arriesgarse a ser arrastrado. Esta es una cascada para apreciar a una distancia prudente y no para el cuerpo a cuerpo.
La primera impresión del cañón, con su puente de cuerdas destartalado que se cruza para entrar, evoca a Indiana Jones y otros aventureros. Pero sentado en la quebrada, protegido del sol de la 1pm por un saliente de roca, vi decenas de mariposas de colores — naranjas, amarillas, azul brillante — y al mirar hacia arriba los árboles se mecían suaves y unas semillas voladoras subían y bajaban en la brisa, ubicando al cañón mucho más en el territorio del paraíso mágico que en el dominio de los humanos.
Una vez más tenía el lugar para mí solo. El señor cascarrabias dueño de la finca donde empieza el sendero al cañón seguramente me estaba tumbando cuando me cobró $10.000 por entrar, pero me cuesta imaginar una mejor forma de gastar $3 dólares y 2 horas.
Escribí estos pensamientos sentado en una roca grande y lisa que se asoma sobre la quebrada, con la sombra misericordiosa de un árbol. Me alegra que estos lugares no estén más comercializados. Cascadas como estas les pertenecen a las personas que las buscan activamente, no a las masas en busca de realización espiritual precomprada y de posts para Instagram.
Subí los 790 escalones del cañón y me recibió el señor preguntándome si quería ordenar un sancocho. Decliné con cortesía pero le compré 2 bebidas, y luego le timbré a Juan, mi nuevo amigo mototaxista, que me llevaría a la terminal.
Entre Diego Campos y la Cascada, mi desvío por Garzón superó mis expectativas.
Todo había salido demasiado bien hasta ahora.
Salí de Garzón a las 3:30pm en mi buseta de Cootranshuila hacia Pitalito, habiendo confirmado durante el café de la mañana mi hotel para la noche en San Agustín. Pero pasando Altamira, ya andando justo al lado del valle verde y caliente del río Magdalena, quedamos detenidos. Un accidente más adelante había cerrado la vía por completo. Más de una hora después, ninguna señal de movimiento. Sofocante es la palabra para describir el ambiente, dentro o fuera del bus.
Ya liberados, 2 horas después de topar el trancón, el conductor de Cootranshuila manejó como un loco para recuperar algo de tiempo, y alcancé a montarme de una en un bus rumbo a San Agustín justo antes de las 7:30pm.
Llegué a Masaya San Agustín con sentimientos encontrados: feliz de estar ahí, pero aterrizando con la certeza incómoda de que este Masaya era igual de “sin alma” que el Masaya de Medellín, un lugar increíblemente funcional y bien administrado, lleno de rincones instagrameables, pero con esa leve sensación de valle inquietante de que cada detalle salió de un manual corporativo, sin autenticidad verdadera. Un buen lugar para pasar una noche; no un lugar para conectar de verdad con la magia del nacimiento del Magdalena y de una zona habitada desde hace al menos 5.000 años.
Comí bien, dormí bien, y me propuse encontrar un mejor lugar para la noche siguiente.
Catarsis primordial
20 de agostoCatarsis primordial. Esa es la frase que me llegó mientras soltaba un bramido de deleite desde el fondo del cuerpo mientras la Cascada El Cinco me golpeaba.
Todos anhelamos el poder de la renovación, que nos perdonen los pecados, lavar el pasado y empezar de nuevo. Pararse bajo una cascada es la manera más natural y más hermosa imaginable de empezar otra vez. Los humanos lo hemos hecho por milenios. Hasta el día de hoy, todo el que se ducha para “empezar el día fresco” o para “quitarse el día de encima” está recreando la sensación en un ambiente controlado. Hay algo purificador en un chorro de agua que cae desde arriba, que se lleva el cansancio, las preocupaciones y los pecados, y luego se va por el desagüe. Un ritual tan importante para la mente como para la higiene personal.
Imaginen cuánto tiempo pasa entre una molécula de agua y su segundo viaje por la misma cascada. Existe el ciclo del agua y, con un horizonte de tiempo suficientemente largo, todo lo altamente improbable se vuelve inevitable, pero hablamos de escalas de tiempo más largas de lo que los simples mortales podemos contemplar.
Si una molécula de agua tuviera emociones o memoria, apostaría a que el viaje por una cascada estaría en la cima de lo que significa ser una molécula de agua, superando probablemente incluso a la nube que revienta en lluvia. La expresión máxima de la cosa. La realización del potencial en una explosión tan dramática que muy pocos de nosotros, simples mortales, tendremos jamás la oportunidad de entender: el equivalente acuático de Usain Bolt rompiendo el récord mundial.
Mi nerviosismo mientras buscaba la Cascada El Cinco más temprano ese día era en parte autoinfligido, en mi estado levemente intoxicado.
Medio gramo de chocolate con psilocibina alcanza para que hasta lo mundano se sienta como una odisea. Mi caminata de 7 km para encontrar la Cascada desde mi punto de partida al otro lado de San Agustín se sintió como una epopeya: el señor sentado en su porche que me confirmó indicaciones que yo ya sabía se volvió el oráculo, las 2 mujeres que pasaron a mi lado extrañamente pintadas de labial rojo brillante se volvieron las sirenas, y el hombre que merodeaba cerca de la entrada de la cascada se volvió un trol. El primer cruce de la quebrada, crecida, se volvió un desafío épico que, una vez superado, se sintió como una victoria que dejaba la oscuridad atrás y la tierra prometida adelante.
En la Cascada, esperaba que la magia se desvaneciera en cualquier momento, pellizcándome porque esto era demasiado bueno para ser verdad, porque un lugar tan especial no podía pertenecerme solo a mí, aunque fuera por una hora un jueves por la tarde.
Desafortunadamente, la magia sí se desvaneció cuando una señora de la finca encima de la cascada apareció en botas de caucho con dos perros grandes al lado, me pilló en calzoncillos, y me cobró con toda amabilidad los $5.000 COP de la entrada a la cascada.
Una parte de mí había visto estas pequeñas tarifas de entrada como un peaje, una vacuna ligera, tan pequeña que no molesta a nadie. Pero al entrar por el camino hacia la Cascada El Cinco tuve dudas sobre si me estarían siguiendo para atracarme, lo cual le restó bastante a la experiencia. Si $5.000 compran la tranquilidad de que esta zona es “segura” para disfrutar, entonces valen eso y mucho más.
Mi razonamiento quedó validado poco después cuando, trepando por la ladera empinada sembrada de cafetos para llegar a la salida superior de la Cascada, conocí a Don Ovidiedo (le pregunté dos veces para asegurarme de que no estaba oyendo mal “Oviedo”), el dueño de la finca. Me contó que llevaba 50 años viviendo ahí, y que hasta hace 5 años la cascada no tenía mantenimiento y la usaban exclusivamente “personas con vicios”. En algún momento él y sus hijos decidieron limpiarla, construir el sendero y hacer jornadas diarias de recolección de basura. Nada que sea hermoso debería darse por sentado, y el mantenimiento es una labor virtuosa pero ingrata. Una cuota de mantenimiento de la magia de $5.000 es lo mínimo que se merece.
Me permití seguir el instinto al salir de la cascada. Había pasado la mañana en una gran llamada con el CEO de una empresa que me contó que estaban levantando plata de Cometa Ventures, y en Google Maps vi una “Finca Cometa” cerca, con fotos que se veían bien, así que decidí irme para allá sin reserva. Me recibieron 3 perros grandes pero ni una persona: no había reservas, así que no había nadie. Por fortuna, una conversación rápida por WhatsApp con el dueño, y una empleada apareció 15 minutos después para dejarme entrar y mostrarme mi hermosa cabañita decorada con gusto, con una hamaca perfecta. Me dijeron que había un mínimo de 2 noches y dejé que mi plan original se desviara para instalarme aquí y abrazar el atardecer glorioso que se acercaba rápido.
Acostado en la hamaca, estaba contento de estar empezando a vivir el viaje como lo había soñado: dejando que el instinto y el azar me guiaran. Sin respuestas a las preguntas profundas que me estaba haciendo, pero sin preocupaciones tampoco. Estaba viviendo el presente. Esa noche dormí bien.
Valieron la pena las 30 curvas
21 de agostoDesperté sin nada reservado, pero con un día completo más en San Agustín sabía que tenía que visitar tanto el Estrecho del Magdalena, el punto más angosto del río de 1.528 km, como el Salto de Bordones, un mastodonte de 400 m que es la segunda cascada más alta de Colombia después de La Chorrera en las afueras de Bogotá, pero mucho más impresionante a la vista.
Negocié una tarifa de día completo de $100.000 con Gilvar, mi mototaxista de la jornada, y arrancamos. Al principio me preocupó su leve olor corporal, pero me relajé cuando salimos de San Agustín y el aire fresco del campo y las vistas espectaculares del cañón por donde corría el Magdalena allá abajo me saturaron los sentidos.
El Estrecho fue una canalización impresionante de energía en un tramo tan apretado que, me dijeron, es increíblemente profundo y se ha tragado gente entera, pero no me quedé mucho porque la cascada llamaba. Soporté un almuerzo poco apetitoso en Isnos, un pueblo de carretera desagradable lleno de bares de mal gusto, strip clubs y mototalleres, pero el ánimo seguía arriba cuando dejamos el pavimento atrás y nos acercamos a Bordones.
Se me salieron los ojos cuando vi el Salto por primera vez. Esta cascada eclipsó a cualquiera que hubiera visto antes en puro tamaño y potencia. La escala de la cosa era sencillamente escandalosa, difícil de procesar. El volumen de agua que caía por sus dos niveles solo se puede describir como bíblico.
La terminología del español para las cascadas es muy superior a la del inglés, con términos distintos para describir la forma de la caída: cascada, catarata, salto, chorrera, chorro. Salto es literalmente eso, un brinco, y representa la cosa mucho mejor que un “fall”. “El Salto del Ángel” transmite la épica mucho mejor que su traducción al inglés, mientras que las “Cataratas del Iguazú” ponen de inmediato el volumen de agua en otra liga.
Un salto es un acto de fe, un movimiento hacia adelante que desafía la gravedad por un instante, y El Salto de Bordones lleva bien puesto el nombre, con un brinco épico cuando el impulso del río caudaloso se derrama por el borde del cañón.
Bajé serpenteando por el sendero para acercarme lo más posible, contando 30 curvas de distintos largos mientras descendía rápido hacia el cañón. Una vez más estaba completamente solo, salvo por un caficultor que subía el sendero con su mula.
Sabía que no iba a poder nadar en esta cascada, pero al llegar a un mirador panorámico 50 m encima del río en el valle, me detuve y me permití asimilarlo. “¡El corazón de los p***s Andes!” grité a todo pulmón mientras el rocío me refrescaba apenas, con la belleza de la escena recordándome la obra maestra de Frederic Church, The Heart of the Andes.
La subida de vuelta fue sudada pero quedé contento: esta era una cascada de bucket list de verdad y una experiencia mágica de vivir. La belleza natural colombiana en su máxima expresión. Para cuando llegué de vuelta a la Finca Cometa una hora después, colapsé. Otra noche temprana tras un día bien vivido, y un entendimiento profundo de por qué San Agustín les ha traído magia y belleza a los humanos por más de 5.000 años.
La Epifanía
22 de agostoNo esperaba que el bus de 3 horas de Pitalito a Mocoa me cambiara la vida, pero así fue. Iba sentado en el bus con el cuerpo casi temblando por la resonancia profunda de un hilo de pensamiento que me sostenía físicamente, y traté de aferrarme a la sensación el tiempo suficiente para expresarla, frustrado como siempre por cómo el sentimiento y las ideas se traducen a palabras escritas.
El viaje nos llevaba por los Andes más verdes que he visto, bosque denso a ambos lados de la vía, una muralla verde subiendo hasta las nubes, con el bus andando por una astilla diminuta de civilización.
Sentía por primera vez en Colombia que estaba descendiendo hacia el “otro” lado del país, la dirección que fluye en sentido contrario al Magdalena. Y era cierto: mientras viajábamos al sur íbamos bajando en altitud, y el agua que corría al lado nuestro estaba ya, casi increíblemente, en la cuenca del Amazonas.
Sabía que en algún punto de este viaje terminaría la Temporada 1 de The Telepathy Tapes, y que cuando lo hiciera volvería a leer The Return of Magic de Packy McCormick. Escuché los episodios 9 y 10 en ese bus y después empecé a estremecerme mientras releía el ensayo de Packy.
He pasado buena parte de este año tratando de pensar las implicaciones de lo que significa ser humano en un mundo de superinteligencia abundante y demasiado barata para medirla, provista por la IA.
Vuelvo una y otra vez a la idea del alma, la noción de que hay una fuerza o una energía en nosotros que las leyes de la física todavía no logran medir. En los Telepathy Tapes se plantea que la Consciencia es un campo universal de información, un campo al que todos contribuimos y que todos expandimos simultáneamente a medida que experimentamos el mundo. Esta consciencia es el yang del yin de la entropía. Estamos todos conectados a través de la consciencia, pero separados en individuos para perseguir perspectivas únicas del universo, expandiendo así la consciencia colectiva. Uno de los conceptos más hermosos que se puedan imaginar.
Esta revelación pareció atar con un solo hilo muchas ideas dispersas que se me habían ocurrido en años anteriores mientras coqueteaba con la espiritualidad y con mi creencia en algo más grande que nosotros:
- Las revelaciones profundas que me han regalado los viajes: que las vibras importan y que mostrarles el niño interior a los amigos es una de las formas más hermosas de conexión posible.
- El problema del PIB es su incapacidad de medir el bienestar espiritual por fuera del plano materialista. Lo que es bueno para el alma suele estar en conflicto con lo que se puede medir en una economía productiva.
- La razón por la que la centralización es mala es que limita la superficie donde la consciencia puede expandirse y experimentar. 200 naciones individuales son mejores que 1 estado global. 50 estados que pueden experimentar con políticas distintas son un complemento y una mejora frente a un gobierno federal monolítico.
- La última línea de mi novela moderna favorita, Cloud Atlas, hace tiempo resuena conmigo: “¡Solo al exhalar tu último aliento comprenderás que tu vida no fue más que una gota en un océano sin límites! ¿Y qué es un océano sino una multitud de gotas?”
- La reencarnación puede estar ocurriendo de forma simultánea, en paralelo, con múltiples vidas viviéndose a la vez. La conexión que siento al ver mariposas danzando en la naturaleza. Tal vez estoy viendo otra versión de mí mismo a través de mis propios ojos.
- El realismo mágico de Colombia, célebre en su literatura más famosa, no es ficción sino realidad. Este es un lugar donde la magia vive al lado de las preocupaciones de la sociedad humana corriente.
- Las vibras importan. Por eso los grandes líderes inspiran a millones. Por eso la cultura de una empresa es probablemente el factor más importante de su éxito. La buena energía entre humanos es una fuerza poderosa que hay que respetar.
Cada persona debe encontrar su propia manera de conectar con la consciencia más amplia. Las religiones humanas se vuelven impuras a través de sus intermediarios humanos con incentivos humanos, pero una vez filtradas y destiladas, pueden contener algunas verdades profundas. De manera similar, los telépatas de los Telepathy Tapes dicen que, para ellos, comunicarse en voz alta o deletreando diluye el peso de su significado más profundo.
Antes me reía de la idea de que, al alcanzar la abundancia material, nos sentaríamos todos a pintar, ya fuera vía alguna utopía colectiva comunista hipotética o vía la visión tecnooptimista, más realista. Me parecía una falta de imaginación grave mientras buscaba inspiración sobre qué haríamos todos en un mundo post-escasez. Pero creo que lo estaba tomando demasiado literal. Lo que en realidad están diciendo es que desbloqueamos la capacidad de trabajar en nuestra salud espiritual expresada a través del arte, la creatividad, la comunidad y el amor. Trabajar la salud espiritual hasta la autorrealización es un concepto que atraviesa la historia humana, del nirvana de Buda a la pirámide de Maslow.
Y mientras me rendía ante la naturaleza que estaba encontrando en soledad en este viaje, lejos del ruido de la vida diaria, entendí por qué los niños de The Telepathy Tapes buscaban el silencio y la privación sensorial para conectarse telepáticamente entre ellos. Encontrar el espacio y el tiempo para vivir con los propios pensamientos es difícil en el “mundo real”, pero cada vez más importante si queremos trabajar en nuestra salud espiritual.
A medida que envejezco creía estar perdiendo la capacidad de asombro. Los mototaxis por el campo huilense que habrían fascinado al Ross de 24 años los tomaba con calma el Ross de 34. He reflexionado un par de veces en este viaje que una versión más joven de mí probablemente estaría orgullosa de la vida que he construido y de cómo la vivo, en el día a día y viajando. Pero la implicación de tomarse las cosas con calma es que ya nada te sorprende ni te asombra. Por fortuna, este bus y las cascadas de este viaje me recordaron lo que es asombrarse.
Llevaba menos de una hora en el Putumayo y ya se me había caído la mandíbula al menos 3 veces mientras el bus doblaba curvas y revelaba montañas épicas y verdes y ríos caudalosos que son mucho más inmensos de lo que aparentan en un mapa, y mientras almorzaba un delicioso pirarucú a la parrilla en el centro de Mocoa, me imaginé la ciudad de 70.000 habitantes no como es hoy, sino como una Wakanda amazónica…
Llegué al hostal Huaca Huaca acalorado y sudado tras la subida de 30 minutos bajo el sol de la tarde. Había encontrado el hostal en una tarjeta dejada en la cabaña de la Finca Cometa y decidí confiar en la recomendación de mi anfitrión. Fue una gran decisión. Al llegar, Victoria, una de las dos señoras que administran el lugar, me ofreció: ¿“quebrada o cascada”? Ya había decidido guardar la gran cascada del Fin del Mundo para el día siguiente, así que respondí “quebrada”, y Victoria se metió de una a la quebrada que pasa por la propiedad y empezamos a movernos aguas arriba.
Encontramos una cascada de seis metros encantadora y exuberante y Victoria se detuvo, preguntando si quería bañarme ahí o seguir subiendo hacia las otras cascadas. Le pregunté con algo de recelo si estas eran “las cascadas del fin del mundo”, preparado para que las ofertas del Putumayo me decepcionaran después de lo visto en el Huila, pero se rio y dijo que no, que estas eran las cascaditas locales de una quebrada distinta a la de las cascadas principales.
Ridículo. 3 cascadas de entre seis y nueve metros, totalmente privadas, todas en rincones hermosos y exuberantes, con la luz de la tarde cayendo entre las hojas. Otro momento de euforia y belleza inesperada para mí solo. En un video describí el lugar como “waterfall utopia”.
Después del baño, cené temprano con los otros dos huéspedes de esa noche y con la dueña, Janeth, y me acosté con la expectativa de visitar el Fin del Mundo a la mañana siguiente.
La magia de Ornoyaco
23 de agostoDesperté con una lluvia durísima, lo que los colombianos llamamos un “aguacero”, y decidí tomarme la mañana con calma. Fue rico ir despacio, pero me preocupó que el día entero se perdiera cuando Janeth me contó que no estaban recibiendo visitantes en el Fin del Mundo por los caudales altos, que volvían peligrosos los cruces del río. Con las esperanzas por el piso, definitivamente no esperaba estar a punto de embarcarme en quizás la aventura más espiritual del viaje.
A medida que la mañana se volvía tarde salió un sol fuerte, y otra conversación con Janeth me hizo creer que podía visitar la cascada de Ornoyaco si lograba llegar antes de las 2pm, la hora de corte en la que cierran la entrada a nuevos visitantes. Me moví rápido y llegué al punto de información con 10 minutos de sobra, y encontré a la señora de ahí insegura de dejarme pasar solo, por el riesgo elevado después de la lluvia.
Después de algo de insistencia, decidió dejarme pasar con una advertencia: “hoy no es día para nadar en la base de la cascada”. Me interné en el bosque, cada paso llevándome más arriba en la montaña. La caminata fue pura provocación, con muchas corrientes crecidas que desde lejos prometían ser la cascada. La luz moteada del sol, combinada con las lluvias de la mañana todavía aferradas a las paredes verdes cubiertas de helechos, empezó a hacer sentir el bosque vivo.
Y cuando por fin encontré la cascada, no podía creer lo que veían mis ojos llenos de agua.
La señora del punto de información tenía razón.
No había manera de nadar en esta cascada. Ni siquiera podía acercarme.
Las lluvias intensas de la mañana habían creado un caudal tan poderoso que el cañón entero donde caía Ornoyaco era un huracán todopoderoso de rocío.
Rocío con fuerza de huracán no es una exageración. El canal apretado por donde el río bajaba después de la caída estaba lleno de vegetación, incluidos árboles adultos doblándose hacia atrás bajo la fuerza del rocío. Esto no se parecía a nada que hubiera vivido antes. El valle subía tal vez 50 o 60 metros, y hasta arriba el aire estaba lleno de gotas, a cien metros de la cascada misma.
Obviamente hay cascadas más poderosas en el mundo, pero el aumento relativo del caudal frente a lo que suele ser una línea base más apretada y angosta me hizo sentir dentro de un túnel de viento increíblemente mojado. No estaba ni cerca de la cascada, y estaba empapado.
Tenía que ver la caída. Escondí el celular y la gorra bajo mi toalla, ya inútil de tan empapada, y subí hasta un mirador que imagino que normalmente es un gran lugar para tomar fotos sin mojarse.
El rugido ensordecedor del agua sonaba como un flujo constante de bombas explotando. Tenía que empujar físicamente contra el rocío, y solo podía abrir los ojos por un par de segundos antes de que se me llenaran. Pero qué espectáculo glorioso. Una muralla blanca de 40 metros y una columna de rocío reluciente brillaban bajo el sol de la tarde, sirviendo de telón de fondo a un gigantesco arcoíris de 360 grados que refulgía con tanta fuerza que podía sentirlo.
No sabría decir si empecé a llorar por la belleza de la escena o porque el viento y el rocío me hacían lagrimear, pero lloré lágrimas y lloré a gritos hacia el éter, mi voz y mis lágrimas tragadas enteras por Ornoyaco.
No era físicamente capaz de aguantar el rocío mucho tiempo. La mejor ducha de mi vida se volvió insoportable después de apenas un par de minutos. Me retiré aguas abajo a una distancia segura, bajé hasta el río crecido, y crucé con cuidado un par de rocas hasta encontrar un lugar donde sentarme a apreciar la escena. El rocío todavía giraba a mi alrededor pero al menos podía ver, y ahí más arcoíris completos me llenaron la vista.
Habiendo aceptado que nunca podría capturar este momento, igual lo intenté. Estando solo, se sentía importante intentar capturar y compartir esta experiencia, aunque fuera un esfuerzo inútil. Logré grabar algunos videos, pero nada se compara con la sobrecarga sensorial que acababa de vivir.
Traté de internalizar lo que sentí parado en el mirador. Al día de hoy, todavía puedo sentir la fuerza del rocío, todavía puedo oírme riendo y llorando de alegría, y todavía puedo ver el arcoíris de 360 grados en mi mente. Espero que dure.
Volví a Huaca Huaca agotado física y emocionalmente. Cené antes del atardecer y me fui a dormir.
El fin del mundo
24 de agostoEl último día.
Había reservado el único vuelo diario de Villagarzón a Bogotá, que salía a las 5:15pm, así que todavía tenía tiempo de aprovechar el día, pero un día de viaje es difícil de disfrutar del todo porque uno vive pendiente del reloj.
Había llovido otra vez durante la noche y me preocupaba no poder conocer el Fin del Mundo por segundo día, pero Victoria me confirmó que hoy sí estaban abiertos mientras me entregaba mi desayuno de pancakes de queso con huevos.
Mientras subía derecho por el sendero de Huaca Huaca hasta la entrada del Fin del Mundo, reflexioné que el viaje no había respondido directamente las preguntas sobre fundar o no fundar, pero me había dejado más cómodo con vivir una vida bien vivida, con el ego bajo y sin enfocarme en las expectativas de los demás. Es una reflexión que me devolvió a la decisión de vida crucial que tomé en 2017 de dejar JPMorgan en NYC y mudarme a Colombia, mi primer salto profesional. Esa fue una decisión que tomé por razones parecidas — tratar de vivir una vida auténtica — y sobre la que he ido y venido con el tiempo. Pero en ese momento en el Putumayo, me sentí en paz conmigo mismo y contento con donde estaba parado. Sin saber qué traería el futuro, pero temporalmente capaz de vivir de verdad el momento.
La cascada del Fin del Mundo resultó ser un complejo de 5 caídas y pozas, culminando en un salto épico de 60 metros con vista a un mar de bosque verde hasta donde alcanza la vista… el fin del mundo.
El espacio era una belleza, y me encontré cantando Mr Jambo de Kyle Gordon mientras hacía varios cruces del río, con el espíritu arriba.
El Fin del Mundo era más “amigable con el turista” que prácticamente todas las cascadas que visité en el viaje, así que aunque me encantó estar ahí, no pude habitar mis propios pensamientos rodeado de pura naturaleza como en ocasiones anteriores del viaje. Nadé en las pozas y me asomé al borde del gran salto asegurado con arnés. Pero cuando la lluvia volvió a arrancar, decidí que este no iba a ser el punto más alto del viaje, y que prefería volver a secarme, disfrutar un buen almuerzo y salir hacia el aeropuerto.
Reflexiones de vuelta a casa
24 de agostoNo me “desconecté” del todo durante el viaje, y estuve bien con eso. No estaba tratando de escaparme de mi vida en casa, y quería seguir en comunicación con mi esposa. Pero lo que sí hice en este viaje fue priorizar mi bienestar físico, mental y espiritual. Y me sentí bien.
Promedié 15.000 pasos al día, y el objetivo del viaje — buscar cascadas como una manera de mantenerme activo mientras le daba a la mente tiempo de pensar sola, sin distracciones — funcionó. No sé si este fue mi “camino”, pero definitivamente alimenté el alma.
Lo que costó todo el viaje
Gastos del viaje
Documentados para la posteridad, todo en pesos colombianos.
| Bus, Bogotá a Neiva | $80.000 |
| Bus, Neiva a Paicol | $40.000 |
| Desayuno en la panadería de la plaza de Paicol | $7.000 |
| Almuerzo, cama y desayuno en la cabaña del Ecoparque La Motilona | $300.000 |
| Mototaxi a Agrado con Jhon Fredy | $82.000 |
| Mototaxi, Agrado a Garzón | $24.000 |
| Taxi a Diego Campos | $10.000 |
| Café y comida en Diego Campos | $99.000 |
| Mototaxi de ida y vuelta a la Cascada las Damas | $30.000 |
| Entrada y bebidas en la Cascada | $20.000 |
| Bus, Garzón a Pitalito | $25.000 |
| Bus, Pitalito a San Agustín | $15.000 |
| Noche en Masaya San Agustín | $177.000 |
| Cena en Masaya | $72.000 |
| Entrada a la Cascada El Cinco, y mecato | $15.000 |
| Dos noches en la Finca Cometa | $310.000 |
| Gilvar, mi mototaxista por el día, y compras menores | $135.000 |
| Almuerzo para dos | $34.000 |
| Mercado para la estadía en la Finca Cometa | $45.000 |
| Mototaxi a San Agustín desde la Finca Cometa | $15.000 |
| Taxi colectivo a Pitalito | $13.000 |
| Bus, Pitalito a Mocoa | $40.000 |
| Almuerzo en Mocoa | $56.000 |
| Taxi al Fin del Mundo | $20.000 |
| Dos noches en Huaca Huaca | $314.000 |
| Entradas a las cascadas de Ornoyaco y Fin del Mundo | $40.000 |
| Tres trayectos cortos de bus en Putumayo, incluido el aeropuerto | $18.000 |
| Recuerdo y mecato en el aeropuerto de Villagarzón | $23.000 |
| Vuelo, Villagarzón a Bogotá, en Satena | $480.000 |
| Siete días, seis cascadas, 15.000 pasos al día | $2.539.000 |
Mientras caminaba por la pista y abordaba el jet de Satena que me llevaría a casa (un saludo para Satena, que te lleva a lugares de Colombia a los que nadie más vuela), puse un episodio de Invest Like The Best con Ben Thompson, 2 de mis voces favoritas del mundo tech, pero todo se sentía tan lejos de lo que acababa de vivir que tuve que cambiarlo por algo menos chocante.
Si estás leyendo esto, gracias por acompañarme en mis Waterfall Diaries.
Y recuerda,“¿Qué es un océano (o una cascada) sino una multitud de gotas?”